Por: Daniel Santiago Álvarez

Foto diseñada por: Daniel Santiago Alvaréz
La Sabana de Occidente es el corazón frío de Cundinamarca, se perfila como un territorio estratégico y diverso, compuesto por Bojacá, El Rosal, Facatativá, Funza, Madrid, Mosquera, Subachoque y Zipacón. Sus municipios concentran historia, cultura y riqueza natural, desde las Piedras del Tunjo de Facatativá hasta los humedales de Funza, pasando por la floricultura de Madrid y la tranquilidad de Zipacón. Sin embargo, tras la belleza de sus paisajes y la vitalidad de sus ciudades, se esconde una realidad que pocos se atreven a mirar, hablamos de un modelo económico que crece sobre los recursos, la vida y los sueños de quienes nacieron aquí. La Sabana no solo produce bienes, flores y vivienda; también expulsa a su gente.
Recorrer Bojacá, El Rosal o Subachoque es entender un territorio atrapado entre lo rural y lo urbano. Bojacá mantiene su esencia campesina, pero cada vez más familias ven cómo las fincas se transforman en urbanizaciones; El Rosal combina aire limpio y verde con la presión de bodegas y floras que consumen agua y ocupan suelo; Subachoque sigue siendo montaña y neblina, pero su tranquilidad se ve amenazada por la expansión de vías y nuevas viviendas. En Funza, el humedal Gualí resiste en medio de la ciudad creciente, mientras Mosquera se debate entre ser un corredor logístico y mantener la calidad de vida de sus habitantes. Cada municipio refleja un patrón: crecimiento económico sin control, que produce riqueza para algunos y limita la vida para los locales.
La presión sobre los jóvenes de la región es alarmante. Cerca del 23 % de ellos ni estudia ni trabaja, mientras el desempleo juvenil alcanza el 19,2 % y la informalidad laboral supera el 28 %. Esto significa que uno de cada cinco jóvenes carece de oportunidades, obligándolos a migrar a Bogotá o a otras regiones. Sin embargo, aquellos que permanecen demuestran talento, resiliencia y creatividad, músicos, emprendedores, deportistas y artistas que logran construir proyectos, aunque muchas veces deban hacerlo fuera de la región para poder cumplir sus sueños.
Madrid es un ejemplo de este fenómeno. Con alrededor del 13 % de la producción de flores del país, exporta más de 700 millones de tallos al año, pero al mismo tiempo enfrenta una falta de oportunidades laborales formales para los jóvenes de la sabana. La mayoría de los empleos disponibles son temporales, en jornadas largas, y muchos dependen de la extracción de agua para la floricultura, lo que genera un impacto ambiental que reduce recursos para la comunidad. Aquí los jóvenes se ven atrapados, tienen habilidades y talento, pero el sistema no les ofrece caminos sostenibles para desarrollarse dentro de su tierra.
Facatativá, Funza y Mosquera enfrentan un fenómeno similar que es el crecimiento urbano atrae a residentes de Bogotá. En algunos proyectos de vivienda nueva, 11 de cada 20 habitantes provienen de la capital, lo que aumenta la presión sobre servicios, vías y recursos. Los trancones de hasta 3 horas diarias, la movilidad insegura y los accidentes frecuentes generan estrés y reducen la calidad de vida. La expansión urbana rápida no ha sido acompañada por infraestructura adecuada, y mientras los negocios crecen, los jóvenes sienten que su territorio les queda pequeño.
El acceso al agua es otro desafío crítico. En toda la región, el consumo residencial promedio es de 10 m³ al mes por usuario, pero las floras y la industria demandan volúmenes mucho mayores. Los humedales y ríos, esenciales para la vida de las comunidades, están en riesgo de agotamiento. Las fincas productoras se reducen y las familias campesinas pierden acceso a recursos vitales. La expansión empresarial no solo consume espacio físico, sino que limita la capacidad de la región para sostener a su propia población.
El panorama laboral muestra inequidad y precariedad. Aunque la región produce bienes de alto valor, como flores, alimentos y productos industriales, la mayoría de los trabajos disponibles para los jóvenes son temporales, poco calificados y con bajos ingresos. Muchos terminan en la informalidad, sin seguridad social ni futuro claro. Esto genera migración obligada hacia Bogotá, donde deben competir por oportunidades que en su propia tierra no existen.
La educación también enfrenta retos profundos. Muchos jóvenes que permanecen en la Sabana tienen que combinar estudios con trabajo, limitando su desarrollo académico y profesional. Los que logran destacarse a menudo deben salir del territorio para acceder a oportunidades universitarias o de formación técnica, lo que refuerza la fuga de talento.
El sistema económico a veces nos pone a pensar que lo empresarial domina la región sin rendir cuentas al bienestar. Las constructoras, floras y bodegas expanden su influencia sobre suelo, agua y trabajo, pero no generan planes que integren empleo digno, movilidad sostenible ni planificación urbana equilibrada. La Sabana se desarrolla en apariencia, pero crece hacia afuera: los edificios, las exportaciones y las bodegas aumentan, mientras los derechos y oportunidades de los habitantes disminuyen.
La Sabana también viene creciendo con más actores y más cargas de las que puede soportar. Cada año llegan nuevas empresas, más bodegas y urbanizaciones que exigen agua, suelo y servicios que ya están al límite. Sin embargo, el POT sigue sin poner la lupa donde debe que es en la capacidad real del territorio y en la protección de los recursos que sostienen la vida. No podemos seguir dependiendo de un modelo centralizado en Bogotá, donde las decisiones favorecen a la capital mientras la Sabana asume los costos. ¿Qué gana Cundinamarca con este esquema? Muy poco. Bogotá recibe los beneficios económicos y logísticos, mientras nosotros cargamos con la congestión, el deterioro ambiental, la pérdida del suelo campesino y la presión sobre nuestros servicios públicos. La región debe planear para sí misma y dejar de ser la zona de sacrificio de un sistema que nos utiliza sin fortalecernos.
Las nuevas viviendas que brotan en Funza, Mosquera, Madrid o Facatativá enfrentan la misma crisis que las comunidades antiguas que es falta de agua, ausencia de control y una expansión que desconoce sus límites naturales. Es absurdo que sigamos aprobando proyectos sin garantizar primero el recurso hídrico ni la sostenibilidad ambiental. Los alcaldes y los concejales deben entender que la prioridad no es seguir sumando cemento, sino proteger lo verde, lo que nos daba identidad como sabana, nuestros humedales, los cerros, los cultivos, el aire frío que nos definía. Podemos proyectarnos hacia el futuro, claro, pero no podemos permitir que ese futuro se construya a costa de desaparecer la esencia del territorio. Un crecimiento sin identidad es un crecimiento vacío, y si no reaccionamos, la Sabana terminará irreconocible, convertida en un corredor urbano más, sin territorio propio y sin gente que se sienta parte de él.
A pesar de todo, la Sabana de Occidente sigue siendo un territorio hermoso, y quizá por eso duele más verla en riesgo. Como uno de los periodistas mas jovenes del departamentos he caminado sus montañas frías, he visto las mañanas que se levantan claras sobre Facatativá, he escuchado a las familias que cuidan sus huertas en Bojacá y a los jóvenes que ensayan su musica en Madrid porque todavía creen en sus sueños. Ese orgullo de la gente que lucha, que no se rinde, es lo que sostiene a esta región. Pero mientras más escucho, más preguntas me acompañan: ¿hasta cuándo podrá resistir un territorio que produce tanto y recibe tan poco? ¿Cuánto más aguantará la gente que defiende sus derechos frente a un sistema que parece esforzarse por ignorarlos?
Y es ahí donde surge la pregunta que debería incomodarnos a todo ¿en qué Sabana queremos vivir? Porque sí, es una tierra bella, fértil, llena de talento y comunidad, pero también es una región asfixiada por decisiones que no la miran de frente. Cada gota de agua que se va, cada hectárea que se urbaniza sin control, cada joven que se marcha porque aquí no encuentra futuro, es un llamado de alerta que no podemos seguir ignorando. Como periodista que ha escuchado al campesino, al vecino, al artista y al estudiante, siento la responsabilidad de preguntar, ¿estamos defendiendo la Sabana que amamos o estamos permitiendo que la conviertan en algo irreconocible? La belleza nos enorgullece, sí, pero la crítica es necesaria para protegerla antes de que sea demasiado tarde.